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Subiendo el Ávila. El desafío es encontrarte a ti mismo.

1 de Marzo de 2015


Subiendo el Ávila. El desafío es encontrarte a ti mismo.

Por: Armando Robledo

Un domingo cualquiera cientos de personas van llegando a los diversos puntos de partida a los pies del guardián de Caracas. El inmenso Ávila es una cadena de elevaciones geográficas con 16 Km de ancho y 80 Km de longitud que custodia la capital de este hermoso país caribeño y ofrece un ambiente de montaña con más de 80 mil hectáreas a sólo un par de kilómetros del inmenso Océano Atlántico. Y a pesar de que es mi vecino y cada día despierto con el suave trinar de sus especies aviares, este domingo decidí que pasaría de ser un día cualquiera y lo transformaría en un fin de semana excepcional, para lo que conté con la motivación perfecta: la convocatoria realizada por Xtreme Venezuela para cerrar el concurso XtremeAvila en su cuenta Instagram.

La cita fue a las 7:30 de la mañana en un punto denominado Sabas Nieves al que se llega por el sector de Altamira. Es importante iniciar temprano la caminata, por lo que estrictamente a las 8:00 am el grupo arrancó compacto ganando un pequeño trayecto de la Cota Mil hasta la cabecera del sendero. Un punto donde verdaderamente empezaba el trekking. La primera fotografía tomada cuenta 58 personas, todas frescas y sonrientes. Muchos desbordaban de juventud y entusiasmo, además de estar ataviados con provisiones como chocolate en barra, galletas y agua para el recorrido. Entre este nutrido grupo contamos a los guías de Café Naiguatá, quienes se encargarían de llevarnos por el sendero fijado hasta nuestra meta. Jonathan Matalon, Director de Xtreme Venezuela nos indicó el itinerario en el que estaba incluida una charla por parte del equipo de Rescate Caracas y también nos acompañaba el equipo del portal Web Estilo Tu Venezuela. Además dio la partida oficial del recorrido.

Cargando el equipaje del gran Peter

Cuando hablamos de Café Naiguatá, hablamos de un personaje que goza de gran reconocimiento en el ámbito del montañismo, conocedor del terreno y además con una capacidad física impresionante. Él es Peter Espinel, un joven de voz suave pero paso fuerte, enamorado de la montaña y al parecer ampliamente correspondido por ella. Tiene la capacidad de recorrer grandes distancias cargando hasta 30 kilos de peso en equipo. Este es un servicio que prestan para personas que desean subir mucho más cómodos y disfrutar del paisaje mientras llegan a su destino. Y como soy una persona de retos me propuse hacer lo mismo, así que le pedí a Peter que en esta oportunidad me permitiera cargar su equipaje.

“La idea es concentrarse en encontrar el ritmo de cada uno. El Ávila siempre nos saluda con una gran subida” fueron las palabras de Peter para alentar a quienes ya íbamos casi arrastrándonos con tan sólo 15 minutos de marcha. En otras oportunidades he subido la montaña con mi parapente y se que el principio es difícil mientras encuentras el ritmo. Y después de los primeros 45 minutos lo encontré a pesar de tener que compensar los 15 kilos adicionales. En el primer punto de guardaparques ya los grupos se dividieron. Adelante siguieron los más experimentados y por ende más rápidos y atrás íbamos los novatos. Ya la ciudad se asomaba multicolor entre los resquicios de los árboles inmensos. El sol que se filtraba entre las hojas para sellarnos de calor la frente. De nuestra ruta seguramente huyen el cachicamo y el rabipelao; a pesar de ser su casa, no es fácil avistar al camaleón o la iguana. Mucho menos al puma, el zorro o el venado. Seguramente sienten nuestra presencia y nos observan desde lejos. Entre conversaciones diversas sobre el clima, la vegetación y compartiendo experiencias de pasados retos, mis casuales acompañantes avanzaban conmigo, disipando la fatiga entre cuentos y risas. Más siempre escuchaba a mi corazón, galopando para tratar de mantener oxigenados mis músculos, que ya se empezaban a crispar.

¿Habrá o no habrá café? Esa es la cuestión

Una de las características que distinguen a Café Naiguatá, además de la completa asesoría y apoyo a los excursionistas, es su ya reconocido café en medio de la montaña. Sabía que iba más o menos en la mitad del grupo y ya sentía que los 15 kilos de peso adicional empezaban a pasarme la factura. Y en el equipo que yo cargaba estaban los implementos para la preparación del famoso Café Naiguatá. Así que debía acelerar el ritmo para llegar a tiempo al punto donde estaba planificada la charla. Peter se mantuvo a mi lado conversando, animando. Sabía que la determinación y las ganas no son siempre suficientes para cumplir una meta. La práctica, la preparación y el entrenamiento son indispensables. Parta él eran años de subir y bajar por las innumerables rutas de ese majestuoso parque nacional. Para mí, en algún momento debía pasar lo inevitable. “Cuando se carga peso lo importante es encontrar el ritmo adecuado, pero que no sea muy lento, porque entre más rápido llegues, va a ser menos tiempo cargando ese peso” En ese momento, mientras la presión de llevar literalmente a mis espaldas la responsabilidad del Café, se sumaba a la falta de aire producida por el ascenso, el comentario de Peter instaló en mi mente una gran paradoja. Y seguimos por un rato, yo jadeando, el conversando. En un punto entendí la paciencia que deben tener los guías de montañismo para adaptarse al ritmo de marcha de las demás personas. Y así me lo confirmó Peter “Para nosotros los guías es un esfuerzo adicional tener que caminar a un ritmo diferente, pero lo hacemos porque es parte de nuestro entrenamiento, acompañar y guiar a los que suben” Por supuesto, a pesar del esfuerzo, era obvio que si continuaba adelante con el reto, cargaría para siempre con la responsabilidad de haber dejado sin café a un gentío, además seguramente a costa de mi salud, así que aproximadamente a mitad de camino, en una cabaña donde tomamos un descanso, hice entrega del equipo a su dueño, quien arrancó veloz por el camino de tierra y piedra a un paso imposible para mí.

Un viaje multisensorial hasta la meta

El resto del trayecto trajo un vendaval fantástico de sensaciones a mis sentidos. Haberme liberado de ese bolso que cargué casi la mitad del recorrido, me dio una perspectiva diferente del viaje, pues ahora todo el paisaje era diferente. Recorrer el sendero sin la presión de la carga es fascinante por la cantidad de información que la naturaleza tiene para darte. Entendí entonces la importancia de caminar a tu propio ritmo. No es sólo para controlar las pulsaciones y manejar la respiración. Para mi fue como una sinfonía en movimiento, una experiencia multisensorial que a cada paso estimulaba un singular efecto en mi cerebro. Sin el estrés de tener que llegar, se puede apreciar mejor el recorrido. Una suave lluvia se dejaba caer sobre las copas de los árboles y engrosadas, las gotas se lanzaban sobre mi cabeza como suaves y frías caricias kamikazes que contrastaban el calor del ejercicio. La variación en la vegetación, conforme ascendía y cambiaba sutilmente el piso térmico, hizo un efecto de transición entre las matas de plátano y los helechos. Me detuve a abrazar la suave capa de terciopelo verde vivo con que se vestía un inmenso árbol. Parecía que como un niño travieso había dejado crecer una raíz en el camino para hacerme zancadilla. Encontré un sabor muy dulce en las pepas de café que recogí directamente de las ramas de estos arbustos que crecen desordenados en las faldas de tierra húmeda y boscosa. Y mientras el zumbido casual de un abejorro me distraía del trepidar ya más constante de mi corazón, iba devorando ese camino, sin pensar en nada más que cada paso y el olor maravilloso que producen las finas hojitas de pino cuando caen al suelo y mueren fabricando una alfombra ocre que suaviza el suelo. Y así, creo yo, se enamora un ser humano de una montaña.

La misión cumplida, aunque algo queda pendiente

El Café se tomó a tiempo, la charla de Rescate Caracas estuvo perfecta. Y llegamos, en mi caso luego de 5 horas, a nuestro destino, rodeados de una niebla blanca y húmeda. Es extraño como en un segundo estás como perdido entre la misteriosa entraña y en un instante, antes de dar el paso final de la ruta, retornas a la tumultuosa congregación de seres. Una vez haz completado el recorrido, sólo con verlos, sabes quiénes llegaron arriba caminando. Y no puedes evitar ver a todos los demás un poco como tramposos. Una sonrisa de satisfacción se abrió camino entre las muecas de cansancio y luego de un minuto de observación di ese último paso. La sensación de la misión cumplida se mezcla con un cierto sentimiento de nostalgia por la belleza del recorrido. Es un hecho que el cansancio en algunas oportunidades me hizo preguntarme mentalmente ¿qué diablos hacía allí? Pero es también una verdad absoluta que el cansancio no dura para siempre. Lo que sí permanece son las ganas de repetir esta experiencia una y otra vez. En alguna otra oportunidad volveré a intentar el desafío de cargarle la maleta a Peter. Espero algún día escribir que lo logré.