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La naturaleza se impuso en El Picacho sobre los reyes magos voladores

10 de enero del 2015


La naturaleza se impuso en El Picacho sobre los reyes magos voladores

Por: Armando Robledo

El vuelo de día de reyes es tradicional en diferentes sitios de vuelo de Venezuela. Es una costumbre de muchos grupos de parapentistas reunirse para surcar el espacio aéreo con disfraces y capas, en ocasiones lanzando caramelos a grandes y chicos que disfrutan de la espectacularidad colorida de múltiples velas que describiendo círculos y elipses adornan en silencio los cielos de enero.

Con la intención de disfrutar esta mágica costumbre, cerca de veinte pilotos nos dimos cita este sábado diez de enero en El Picacho, hito representativo de El Ávila desde donde se realiza uno de los vuelos más fascinantes que ofrece este deporte en nuestro país, con un grado de dificultad considerable en el despegue, compensado por la belleza del relieve, desnivel cercano a los dos mil metros y disponibilidad de espacios para aterrizaje.

El día inició a las cinco de la mañana en un estacionamiento frente a la playa Camurichico en el estado Vargas. Aún el sol no se enteraba de nuestras andanzas. Apresuradamente, huyéndole al amanecer inminente, subimos la empinada carretera, morrales en un vehículo y pilotos en otro. Al llegar al punto de control de los 1.800 metros sobre el nivel del mar, asumimos el último trayecto hacia el sitio de despegue. Decidimos hacer la travesía de 40 minutos a pie, a pesar de que las frías gotas de una tímida pero constante llovizna, se filtraban entre las hojas verdes de los árboles. Y conforme nos acercábamos a la cima, el cielo ya soleado empezaba con su luz a bañarnos de ilusiones.

La inmensidad de la montaña se mostró con una clara determinación. Un sonido muy parecido al aullido de un lobo herido emitía el viento cortado por las líneas de acero que sostienen las torres de energía, únicas estructuras que se alzan sobre la vegetación tupida y espesa de la cumbre. Era la alarma encendida de un hálito poderoso cuya intensidad impedía cualquier despegue. El anemómetro marcó de pronto una intensidad decreciente que cedía desde los 56Km/h hasta silenciar al lobo herido con unos prometedores 25Km/h. “Está volable” se escuchaba entre pilotos. Se abrió una ventana de despegue y entre movimientos tímidos y discusión sobre planes de vuelo la perdimos. Nadie se animó a despegar a tiempo aprovechando la oportunidad que nos daba el padre viento y por esa timidez fuimos todos castigados. Cuando quise romper el protocolo y despegar primero, ya era demasiado tarde. Volvió la llovizna que aunque breve, fue proseguida de un ventarrón tan agresivo, que se llevó sin piedad nuestras intenciones de elevarnos hacia el cielo.

Y sin mirar atrás volvimos por la ruta húmeda de piedra y tierra, con las alas cerradas, lo que es muy común en este sitio. Parece que el monte tuviese su carácter y su genio. Tuvimos que obedecerle y bajar caminando sin querer hacerlo. Agradecidos con la naturaleza por permitirnos llegar a este mágico lugar, por respirar ese aire puro y fresco y por guardar en nuestra mente las imágenes del mar gigantesco que estando tan lejos y tan cerca al tiempo, genera un contraste de emociones y de paz, de asombro, admiración.

Quiero volver siempre a este lugar. A pesar de existir siempre el riesgo de bajar caminando porque se haga esquivo el vuelo. Porque la belleza de El Picacho, amerita intentarlo una y otra vez. Hasta una próxima oportunidad rincón maravilloso, porque hoy, al menos por esta vez, la naturaleza se impuso sobre los reyes magos voladores.